El entretenimiento principal de la semana en el blog ha consistido, en primer lugar, en comentar el perfil de Torra. Estos comentarios sobre su más que dudoso perfil no se basaban solamente en tuits, sino en escritos de longitud notable, creados como fruto de la reflexión introspectiva de una persona adulta y madura, y no de una noche con alguna copa de más a las cuatro de la mañana con dieciocho años. Vaya, una obra fecunda, con un claro hilo conductor salido de lo más profundo de su ser en la madurez de la vida.
A continuación, bajo la influencia conceptual de lo que significa tener un Presidente de la Generalitat con tan magna obra, los comentarios derivaron a cuestiones más genéricas: lo que nos hemos tragado muchos de los contrarios a la secesión para no indisponernos con amistades, conocidos y demás personas que nos rodean, porque hay que convivir en el día a día y no podemos -ni queremos- estar en tensión a cada minuto. En estos comentarios, al sector independentista se le ha achacado, entre otras cosas, cerrazón e identitarismo, en grado elevado. Las generalizaciones son injustas, etcétera y blablabla, pero resulta que quienes habéis participado con comentarios de este tipo no lo habéis hecho generalizando.
Lo habéis hecho explicando vuestra percepción personal con vuestro entorno concreto, esa gente maja, muy maja, majísima, bellísimas personas… hasta que se les lleva la contraria con el tema secesión, interiorizado como concepto único en la vida (por si tenéis dudas, recuerdo este artículo de Albert Soler de enero de 2016, cuando la CUP se negaba a investir a Mas y todavía no había salido el nombre de Puigdemont; en un fragmento, Soler escribía: «Molts independentistes de saló que somreien quan cridaven in-inde-independència envoltats d’avis i nens tot executant curioses coreogafies cada 11-S, han passat dos dies escupint bilis contra els que han gosat dur-los la contrària. Com –diguem-los pel seu nom– tots els feixistes, eren simpàtics mentre se’ls donava la raó, però amb la discrepància afloren insults, amenaces, faltes de respecte, i qui sap si fets pitjors.«).
Y todo el rollo anterior, para comentar mis últimas micropercepciones, esas que, lamentablemente, una vez más conectan y confirman lo que solemos comentar por aquí:
Micropercepción 1. Comprando cerezas esta semana. Ya me diréis qué tienen que ver las cerezas con la cerrazón. Mucho, amiguitos. Las tenían de Llers (pueblo cercano a Figueres, sus cerezas son muy conocidas, al menos por aquí) y, por dar conversación, se me ocurre decirle al tendero que son de un calibre un poco pequeñas, que me gustan más las de la provincia de Zaragoza (no os creáis que soy un experto, ni que sé distinguir diferencias organolépticas) porque son de mayor calibre (al menos, a estas alturas de la temporada). La respuesta del tendero (simplifico) me deja frito: «Ya, puede ser, ¿pero sabes qué pasa? Que vienen los del lazo amarillo, miran el origen de la fruta y si no les gusta el lugar de origen, no la compran. Les da igual que sea mejor. No la compran. El fresón de Huelva, como no me lo coma yo… los del lazo no lo compran«.
Oh, vaya, y yo que pensaba que los de la revolució dels somriures no eran así… Que eran mucho más modernos y racionales, que evaluarían precio y calidad y, por lo visto, parece que la primera evaluación es el origen de las cosas, por motivos no del todo confesables… Ah, y si es por la huella de carbono de los desplazamientos, supongo que tampoco comerán melocotón de la provincia de Lérida, que son doscientos cincuenta kilómetros; el de Zaragoza, ni me lo planteo. Y los plátanos de Canarias, a verlos en los anuncios, que vienen de muy lejos.
Micropercepción 2. En casa. Comento la micropercepción 1. Cara de «no, si no digo que te lo vaya a mejorar, es que por lo menos te lo igualo«. El resumen es: va a una tienda a comprar una tarjeta de esas de regalo, con una frase más o menos ocurrente, pero con algo de gracia. Escoge una tarjeta (yo no la he visto; dice que «muy mona, bonita y de una calidad que salta a la vista«). Al ir a pagar, comenta con quien la atiende que esta -y otras de series parecidas- era la más elegante/bonita/fina con diferencia (pensad que estoy dramatizando un poco; normalmente no hablamos así). Respuesta: «sí, pero apenas tiene salida y eso que las hacen en una casa buenísima de Barcelona… ¿Ves esas otras tarjetas, que llevan la frase en catalán? [atención: la tarjeta escogida tiene la frase en inglés] No son nada bonitas, pero salen que no veas. Por bonitas no será que se venden…». Ay, amiguitos, que, en los detalles, para algunos cuenta más lo feo que lo bonito. Si en los detalles son así, como serán con los no-detalles…
Como siempre, estas micropercepciones son indemostrables, así que quien se las crea bien y si no también.
CONCLUSIÓN. Micropercepciones, las acumulo a dojo (a raudales). Siempre con casos concretos. Siempre identitarias en el peor sentido. De personas con las que uno se cruza y convive a diario. Y aún tienen el valor de decir que no es verdad. Que no es identitario. Que su objetivo no es poner un muro dentro de la misma sociedad en que ¿coexistimos? En fin.
Para cerrar el asunto con algo de risas sin tanta truculencia retorcida. Supongo que habréis leído la carta abierta de James Rhodes publicada en EL PAÍS, con un titular muy llamativo: «A lo mejor no me creéis, pero no os miento si os digo que en España todo es mejor”. [Después de editar el resto del párrafo varias veces, lo dejo así: del mismo modo que Rhodes elogia su vida en España, otros elogiarán su vida en Francia, en Italia o cualquier otra parte del mundo]
Pese a los elogios que vierte, en este blog de desagradecidos ni siquiera lo hemos enlazado, y eso que contiene una frase memorable, merecedora de mis mayores respetos: «Impresiona también la cantidad de gente con talento que se llama Javier«.
Qué ojo tienes, James, qué ojo. 😀 😀 😀 😀 😀 😀 😀