La ingenuidad del referéndum y las mayorías

La palabra referéndum aparece de forma constante. Y es una pesadez porque seguimos con la misma invocación en blanco de siempre. Pedir un referéndum de secesión (consultivo, vinculante o como le queramos llamar) es fácil, que aguante los retos democráticos que plantea es distinto. De ahí que titule como “la ingenuidad” del referéndum, ya que se parte de una posición simplista que apenas ha analizado las múltiples cuestiones que deberían ser abordadas. Y es indiferente que quien invoque el referéndum lo haga a favor de la secesión o en contra.

Puede parecer que afirmo que quienes piden el referéndum no tienen ni idea de nada y sólo yo tengo razón. Es muchísimo más complejo que eso. En mi opinión, a menudo quienes piden el referéndum no han calibrado adecuadamente las consecuencias, o bien, teniendo una clara idea, llevan el debate hacia un terreno claramente sesgado. Son pocas las aportaciones teórico-prácticas a una materia de consecuencias tan graves como la secesión.

Lo que me propongo es aportar razones, argumentos y justificaciones de mi posición que, en el artículo de hoy, presenta bastantes aristas y puntos de discusión. Si esto lo dice un sencillo blog, ¿qué nos debería decir la realidad? Pues dice #volemvotar y listos. Un simplismo que no supera una mínima reflexión, como demuestra el libro de Pau Bossacoma, “Justícia i legalitat de la secessió“,  al que últimamente me refiero con bastante frecuencia. Puedo no estar de acuerdo en algunos, varios o muchos puntos del libro de Bossacoma, pero es innegable que sus argumentos quedan bastante lejos -por razonados- de la débil fundamentación habitual del secesionismo.

Tras comentar en las últimas semanas los problemas democráticos que genera la irreversibilidad de una secesión y el uso de un referéndum como amenaza, hoy comentaré otro asunto que los más veteranos recordaréis que he tratado en multitud de ocasiones, como es la cuestión de las mayorías, en este caso específicamente referidas al supuesto de una votación efectiva de un referéndum de objetivo secesionista.

Para esta supuesta votación -difícilmente realizable sin reformar la Constitución, pero ahora mismo ese es otro tema- habría que partir de varias premisas:

  1. La victoria de la aspiración secesionista determina una decisión de carácter irreversible. Por lo tanto, es exigible un resultado incuestionable ya que existe desequilibrio entre las consecuencias según se produzca victoria secesionista (irreversibilidad) o no (se puede repetir referéndum indefinidamente). La cuestión la traté en La secesión en serio: la irreversibilidad de una secesión.
  2. El referéndum no puede ser utilizado como amenaza ante la insatisfacción de demandas previas efectuadas por quien pretende su celebración. Esto también lo esbocé en el reciente artículo La vuelta al referéndum y el uso de la secesión como amenaza.

[Por supuesto, se puede prescindir de estas dos premisas (se pueden matizar, variar, discutir o criticar, eso siempre) a cambio de que no tome en serio a mi interlocutor que, sin duda, prefiere evitar cuestiones espinosas y tomar la secesión como una fiesta, cuando de fiesta no tiene nada]

Las premisas mencionadas conducirían, de manera irremisible, a exigir a la pretensión secesionista una mayoría cuantitativa y cualitativa. Es decir, mayorías reforzadas que la dotasen de legitimidad suficiente para acceder a la secesión.

Por norma general, las pocas referencias que encontramos bajo la óptica secesionista son partidarias de la mayoría simple para lograr la secesión.

Pau Bossacoma propone en su libro la mayoría simple (en la misma línea, RIDAO en su libro El derecho a decidir). Con este tipo de decisión se pretende esquivar un grave problema de legitimidad, como el que se produciría en el caso de que sin contar siquiera con un apoyo cualitativamente significativo se daría vía libre a la secesión y creación de un nuevo Estado. Fijemos, sólo por situarnos en un rango de exigencia cualitativa (a la vez que innegablemente democrático, pues respeta la regla del 50+1), ese apoyo necesario en la mayoría absoluta del censo electoral, en contraposición a la mayoría simple de votantes que de forma implícita o explícita suele predicar el secesionismo. ¿Realmente una mayoría inferior a la mitad del censo electoral, es decir, inferior a la mayoría absoluta de la población afectada con derecho a voto, puede decidir escindirse de un Estado democrático y crear uno nuevo? ¿Es legítimo que esa decisión se tome sin contar con el elemento cualitativo?

Sí, ya sé que estas reflexiones, más que un fundamento legal, buscan un fundamento filosófico, moral, ético, político o como le queráis llamar. La categorización me es indiferente. Lo fundamental, en este primer estadio de reflexión es centrar la cuestión en el planteamiento mayoritario -o casi unánime- del secesionismo: en el mejor de los casos, busca una mayoría circunstancial que, ingenuamente, pueda ser aceptada como legitimadora de una secesión. Traducido al momento actual, se pretende hacer creer que dos millones de electores pueden imponer a los restantes tres millones y medio la secesión. Por cierto, también debo de señalar que la mayoría cualitativa que he señalado, la mayoría absoluta del censo electoral, no necesariamente tiene que ser aceptada. Sin embargo, creo que se trata de una referencia que permite fijar algunos puntos del debate con facilidad.

La tesis en contra de la exigencia cualitativa afirma que mi postura podría llevar a la indeseable situación de que la postura secesionista tenga una ventaja significativa y, aun así, no pueda culminar su aspiración ya que no llega al umbral fijado. Puede ser. Sin embargo, llegados a esta situación, lo que se revelaría es que el secesionismo no cumple con el requisito cualitativo exigible a una decisión irreversible. Esto también tiene que ser recordado otra vez: un referéndum para la secesión ostenta un carácter extraordinario, por lo que el resultado debe cumplir unas cualidades acordes a la singularidad de la decisión.

En al apartado de las objeciones, es cierto que la abstención se asimilaría a la postura contraria a la secesión, de modo que la postura secesionista tendría, teóricamente, desventaja. Sin embargo, se trata de una desventaja aparente: como se ha comentado antes, la victoria de la postura secesionista abre una vía irreversible, por lo que cuenta con todas las ventajas. Si gana, no corre el riesgo de una nueva votación. Por otro lado, y en el contexto en que vivimos, las razones para no contar para una secesión con una mayoría cualificada que ofrezca una prueba fiable y una expresión concluyente de la opinión del cuerpo electoral, de modo que se obtenga un resultado que merezca el respeto de todos, se me escapan y estoy abierto a justificaciones argumentadas. (Por cierto, esta última oración tan brillante, no es mía, sino tomada y adaptada de este artículo de Alberto López Basaguren: “La secesión de territorios en la Constitución Española“, en referencia a los Acuerdos de Edimburgo)

Siguiendo con la abstención, se podría afirmar que, literalmente, no se sabe lo que quieren o se podría presumir que les resulta indiferente una solución que otra, de manera que resultaría injusto que la abstención se sumara en contra de la secesión. A mi entender, esta argumentación desvía la verdadera cuestión que se plantea por el secesionismo. No descubro nada si digo que, según el secesionismo, una mayoría de la sociedad pretende escindirse del Estado y crear otro nuevo. Pues bien, si esa es la tesis, la misma se demuestra aportando prueba de que existe esa mayoría de la sociedad. Por lo tanto, es indiferente lo que piense el abstencionista o las presunciones que deseemos aplicarle: lo esencial es que el secesionista acredite que cuenta con un apoyo tal que le haga merecedor de la secesión y le dote de legitimación para crear un nuevo Estado. Y eso sólo se consigue con una mayoría que cumpla requisitos cualitativos.

Por seguir con el ejemplo de la mayoría absoluta del censo electoral (repito, no necesariamente el requisito exigible; es a efectos ilustrativos, porque también es susceptible de generar problemas en casos límite): si en una hipotética votación de referéndum no se superase el umbral del 50% más uno del censo electoral no podría afirmarse que la mayoría de la sociedad desea la secesión y crear un nuevo Estado.

Un pequeño paréntesis para descender el caso concreto. En los últimos meses, oímos con frecuencia que el secesionismo desea “ensanchar su base social“. Si aplicamos los razonamientos anteriores, la traducción es sencilla: no cuenta con una mayoría cualitativa (y la cuantitativa la sacan tras inventarse sus reglas del pseudoplebiscito a posteriori en contra de lo que habían dicho antes -ver el vídeo-). Si, además, leemos que uno de los “mayores” interrogantes actuales consiste en determinar la performance de la ANC para movilizar el apoyo al secesionismo, concluiremos -con muchos otros detalles, por supuesto- en que se busca la mayoría circunstancial, sin requisitos cualitativos.

Volviendo al tema. La mayoría necesaria para un referéndum de secesión dista de ser una cuestión para la que exista consenso (en las páginas 233 a 236 de “Sovereignity referendums in International and Constitutional Law” encontramos una interesante aproximación al asunto, en que el autor considera que un referéndum de “soberanía” demanda resultados incontestables) y, por ejemplo, la Comisión de Venecia en su Código de buenas prácticas sobre referendos, dice acerca del quórum de aprobación (o sea, sobre el elemento cualitativo): “52. Un quórum de aprobación (aceptación por un mínimo porcentaje de los electores registrados) puede llegar también a ser inconcluso. Puede ser tan alto dificultando en exceso la posibilidad de un cambio. Si un texto se aprueba – incluso por un margen sustancial – por una mayoría de electores sin que sea alcanzado el porcentaje requerido, la situación política se enrarece extremadamente, ya que la mayoría sentirá que ha sido privada de la victoria sin justa razón; el riesgo de que una proporción de un mínimo necesario (turn-out rate) sea falsificada es el mismo que para un quórum con un mínimo necesario.” [La traducción no es muy brillante, aquí el enlace al texto en inglés]

Aunque el Código de buenas prácticas no está específicamente escrito para la secesión, no me voy a enrocar en un “tengo razón o tengo razón“. No obstante, ya he advertido antes de que no me parece convincente que se pretenda la separación, con creación de un nuevo Estado, sin contar ni siquiera como mínimo con el apoyo de la mayoría absoluta del censo electoral (y sumémosle el carácter irreversible, etc).

Y eso porque aceptando la mayoría simple en una hipotética votación lo que se hace no es otra cosa que despejar el camino a la secesión: probar hasta que un día se consiga el objetivo, aunque cualitativamente sea pobre. Si hacemos caso a las tesis que, con mayor o menor convicción se manejan desde el secesionismo en Cataluña, dos millones de electores serían suficientes para arrastrar a los otros tres millones y medio a la separación y crear un nuevo Estado… en el que los explícitamente secesionistas serían minoría.

Conclusión. Cuando se habla de referéndum (o consulta, lo que se quiera), la definición del mismo en términos generales apenas pasa de la simplísima votación. No digo ni exijo que en el debate público se llegue a niveles de erudición o profundidad que a una gran mayoría le parecerán, sin duda, aburridos. Ahora bien, la sencillez (que no la simplicidad) no está en absoluto reñida con la especificación de puntos esenciales de lo que se propone. A mí me parece que el tema está bastante verde, porque cuestiones como las que he anotado apenas han sido objeto de atención. Si a nivel académico, intelectual o de cierto grado de elaboración las aportaciones son pocas (no he referenciado todo, y tampoco conozco todo, que nadie se equivoque) a nivel de debate público o político el asunto no pasa de pobre (recordemos que en el llamado “proceso participativo” del 09/11/2014 no se fijaba ninguna regla sobre mayorías, así que quien “votaba” ni siquiera sabía cómo se iba a interpretar el resultado).

He fijado unos términos (la mayoría absoluta del censo electoral) que podrían ofrecer también dudas en casos límite. No es de mi interés ese análisis, sino señalar que, a mi entender (otro puede opinar distinto), existe un nivel de reflexión cuestionable sobre la tremenda complejidad de un hipotético referéndum sobre una secesión.

A mí, todavía me tienen que convencer de que una secesión no es irreversible, de que su regulación no se convertirá en una amenaza frente a demandas no satisfechas y de que, en la tesitura de un referéndum, el resultado que potencialmente conduzca a una separación será cualitativamente indiscutible. Mientras tanto, seguiré considerando el referéndum una ingenuidad que sólo sirve a la perniciosa estrategia del contentamiento frente a quien siempre, se haga lo que se haga, estará descontento.

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Juanmari
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Juanmari

Muy bueno. Una propuesta discutible y no simplona.
Una pregunta. ¿No debería haber algún tipo de garantía o, al menos, de indicio de que se va a obtener un resultado claro? En general, sería que pidiera el referéndum una mayoría reforzada del Parlament pero nos encontramos con el problema del derecho a decidir y que hay partidos políticos que mantienen que un referéndum es LA SOLUCIÓN. Sin mayor argumentación. Un resultado poco claro sería difícil de gestionar y, dados los antecedentes de cuentas de resultados «plebiscitarios», significaría cinco o seis años de tabarra. O más.

Javier
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La cuestión es ¿qué gano yo con un referéndum? ¿Qué incentivo tengo?

Alex
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Alex

Muy buena entrada.

Para mi el tema se cae por su propio peso…

Si el móvil último del independentismo no fuese ganar como sea para cobrarle la cuenta a una historia por la que se sienten maltratados, hubiese aceptado, tras los resultados precisamente de ‘sus’ plebiscitarias, lo que todo el mundo ya sabe: que no hay mayoría, ni cualitativa ni cuantitativa, ni de ninguna clase, para lograr su objetivo político. El referéndum suena a premio de consolación, que más que ayudar, podría contribuir a envenenar aún más el problema. Lo que ocurre es que la mera invocación de la democracia hace que parezca una salida razonable, cuando se trata de un ‘todo o nada’ que con toda seguridad nos aleja de cualquier cosa parecida a un gran pacto de convivencia.

Es curioso que el independentismo se haya cansado de decir que España tiene un problema con la desafección de 2 millones de catalanes, sin reparar en ‘su’ propio problema; o qué tendría Cataluña entre manos en el supuesto de tratar de armar un Estado con estos exiguos márgenes y la mitad de su ciudadanía puesta de culo? Un referéndum que necesariamente dejaría a la mitad del censo insatisfecho sería la constatación de esta realidad, no el desenlace magico al problema. Pero bueno, como sucedía en el tema de la lengua, una cosa son los dilemas en abstracto y otra las consecuencias concretas. Si primasen las segundas, hace ya tiempo que en vez de hacerse el digno papanatas se estaría trabajando en esa vieja ‘tercera vía’, tan denostada la pobresita ella en tiempos de grandes compromisos y días historicos, pero que a la postre es la única salida que garantiza una cierta coherencia entre fines y medios. Lo demás es ‘guerracivilismo’ (retórico, por suerte) en vena.

Juanmari
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Juanmari

Leer, cronológicamente ordenados, los distintos libros de ruta de la ANC es un ejercicio que debiera ser obligatorio. Independentistas o no. Hace falta un baño de realismo. Y, entre nosotros, te das un hartón de reír.

Juanmari
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Juanmari

Empiezo a estar un poquito harto de los artículos tipo el de Nació Digital. Da igual de lo que vayan a hablar, de cocina, de referéndum, del vuelo de las cigüeñas… lo primero es empezar con una asociación entre España y cualquier idea malvada para contraponerla a Cataluña y cualquier idea con connotaciones positivas. Es una lluvia constante y cada vez hay más. Bueno, ahora son prácticamente todos así. Afortunadamente ,que son basura es una opinión ampliamente compartida.
«La comunidad internacional» debe ser lo mismo que «hay países que nos miran con simpatía» o «los apoyos saldrán en su momento». Y la gente traga. Y Puigdemont diciendo que no serán prisioneros del calendario y, que a lo mejor, la legislatura hay que alargarla más de 18 meses. Y tragan. Y toda la prensa palmea a la vez al ritmo que le marcan. ¡Hop salta! Como dice Xavier Rius «soy indepe pero no ciego».

Alex
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Alex

Encuentro estas palabras de Hannah Arendt, a propósito de los intentos por decantar la historia con objetivos propagandísticos, de gran interés para lo que tratamos…

Dice: ‘toda la ciencia nace de este espíritu [de imparcialidad]… Quien no es capaz de esta imparcialidad porque se propone amar tanto a su pueblo que ha de pagarle un tributo perpetuo de adulación… pues bien, no hay nada que hacer. Yo sólo opino que gente así no es patriota’.

Por si interesa, se puede leer en ‘Qué queda? Queda la lengua materna?’, entrevista incluida en ‘Ensayos de comprensión’.