Mayorías absolutas y el dominio del relato

Todavía prosiguen las discusiones acerca de si el “auto-plebiscito” ha sido ganado o no por los separatistas. Separatistas que recibieron el 47,8 % de los votos. Da lo mismo que el resto los contemos en el no, si-no (curioso plebiscito a posteriori) o si los tiramos a la basura. Explícitamente obtuvieron el 47,8%. Es decir, 1.957.348 votos de un censo electoral de 5.510.713 personas. O sea, el 35,51% del censo electoral. Con esa birria (repito, birria) se quiere declarar y proclamar la independencia. Incluso, aunque les demos los 200.000 votos que, según se quejan cada día, prácticamente les corresponderían del voto exterior, la cosa quedaría aproximadamente en el 39,14% (y les doy TO-DOS; por cierto, es curioso que habiendo votado sólo el 5% del voto exterior, el más famoso de ellos, Guardiola, lo pudiera hacer. Qué suerte, si tenía un 95% de probabilidades de no poder hacerlo).

El problema está en que el secesionismo domina el relato. Y, como lo domina, es capaz de hacer creer a quien compra sus tesis que está muy cerca del 50%+1 de apoyo. Y también es capaz de despistar a quien no está por la secesión, para que se concentre en desacreditar si tiene o no más de un 50% de apoyo de los votos válidos emitidos en una votación. Este relato tiene que cambiar. O, como mínimo, tiene que ser capaz de entrar en juego otro relato, otro argumento. Es difícil porque la hipermovilización secesionista todo lo ahoga, como parece que le está empezando a suceder a la CUP.

Veamos: tal y como defendí en su día, en el indeseable caso de que un día tuviera que celebrarse un referéndum, la mayoría que consideraría como punto de partida aceptable sería la mayoría absoluta del censo electoral. Si quieres crear un nuevo Estado, qué menos que contar con el apoyo explícito, sincero y entregado de la mitad más uno de tus ciudadanos.

Fijémonos en una serie de resultados y apoyos:

Constitución Española de 1978. Si nos limitamos al estricto ámbito de Cataluña, resulta la siguiente tabla (datos obtenidos de AQUÍ)

REFERÉNDUM SOBRE EL PROYECTO DE CONSTITUCIÓN (6 de diciembre de 1978)
RESUMEN DE LA VOTACION
Prov  Censo Votos A favor En contra Blanco Nulos % absoluto % votos
BCN 3.424.682 2.317.888 2.095.467 109.530 97.018 15.815 61,19% 90,40%
Gi 336.282 243.167 218.316 10.681 12.433 1.731 64,92% 89,78%
LLE 267.972 178.195 162.757 6.785 7.571 1.082 60,74% 91,34%
TGN 369.237 247.540 225.330 10.849 9.440 1.921 61,03% 91,03%
4.398.173 2.986.790 2.701.870 137.845 126.462 20.549 61,43% 90,46%

O sea, que en Cataluña votó a favor de la Constitución el 61,43% del censo electoral. Como he señalado antes, el secesionismo pretende la separación con el apoyo de un 35% del electorado.

En el siguiente cuadro aparecen los índices de participación y apoyo a la independencia en los referéndums celebrados en las repúblicas bálticas y Ucrania (obviemos los graves problemas que hoy atraviesa ese país). Los datos los he obtenido del libro “El derecho a decidir“, de Joan Ridao, aunque son fácilmente comprobables por Internet. Como se observa, en el caso de menor apoyo, resultó a favor el 59% del censo electoral, en claro contraste con el 35% que apoyó a Junts pel Sí y CUP.

 PAÍS PARTICIPACIÓN  SÍ % CENSO ELECTORAL
 LITUANIA  90%  84%  75,60 %
 ESTONIA  83% 79%  65,57%
 LETONIA  80%  74%  59,20%
UCRANIA  84%  90%  75,60%

Por último, y porque citar los Balcanes provoca escalofríos, únicamente mencionaré el referéndum de Eslovenia de 1990, en el que con un 93,5% de participación, el sí obtuvo un 88,5% de los votos, es decir, un 82,75% de votos favorables de la totalidad del censo electoral.

Todos estos ejemplos tienen un denominador común: una mayoría holgada, muy por encima de la mayoría absoluta del censo electoral, umbral que el secesionismo jamás admitirá. Umbral que ya sería hora de que alguien con peso empezara a difundir, aunque sea aceptando la posibilidad de un hipotético referéndum. Porque mientras negamos la secesión, los separatistas crean su relato sin oposición. Vean lo que sucedió con la nacionalidad: metedura de pata aparte del Presidente Rajoy, poner en escena la pérdida de la nacionalidad generó una atención descomunal. Después, podrán decir que si el miedo, que si es imposible, que si tal, pero mientras tanto su discurso empieza a presentar fisuras (y ello, pese al incomprensible apoyo, para mí, de una supuesta progresía que está dispuesta a aceptar ser extranjera en Cataluña y, a la vez, recibir como españoles a todos aquellos que se han separado de ellos. Esta frase debería ser matizada con ocho párrafos a continuación, pero los seguidores habituales del blog ya saben a qué me refiero y no voy a alargar más la cuestión).

No es un umbral imposible, puesto que la participación en estas últimas elecciones ha sido del 77,44%. Aunque, eso sí, exigiría un apoyo cercano al 65% (77,44% x 65% = 50,33%) de los votos emitidos; apoyo que, por otra parte, sería muy inferior al recabado en los ejemplos mencionados. ¿No se siente con fuerzas el secesionismo para llegar a sumar 2.755.000 votos? ¿O es que carece de esa fuerza?

Por supuesto, faltan los casos de Escocia y Canadá. Los traté en su momento, volveré otro día sobre estos casos, aunque las respuestas ya se pueden anticipar: en Escocia el umbral fijado era muy bajo (otra cosa es que Cameron lo aceptara;Jean Chrétien advirtió de que se estaba poniendo la secesión muy fácil; ya pondré otro día el enlace que leí en un artículo de Alberto López Basaguren) y en Canadá se exige una “mayoría clara”, concepto jurídico indeterminado todavía por desentrañar.

Conclusión. Mientras dejemos que los secesionistas fijen los términos de debate y si han ganado o no su plebiscito, el relato está perdido. Cuando uno se plantea la hipótesis de la secesión, normalmente surgen muchos voceros en contra de cualquier planteamiento al respecto… si esos planteamientos se formulan por parte de quienes no estamos de acuerdo con la secesión. En cambio, el separatismo puede formular sus argumentos a sus anchas sin que nadie se le pueda oponer, tanto por el hecho de que enseguida se lanzan encima de quien discrepa como por el hecho de que no falta quien te esgrime que hablas de “futuribles” poco probables. ¿Y no es la secesión un “futurible”? ¿Y no está el secesionismo todo el día con ese “futurible”? Ya digo, se les deja el campo abierto.

Por eso, si quieren plantear cuestiones como un referéndum y las mayorías, va siendo hora de que alguien les lance el desafío, ni que sea por el simple hecho de romper su relato: ¿quiere un referéndum? De acuerdo. Gánelo por mayoría absoluta del electorado. Haced la prueba: veréis qué os responden. Os respondo yo: como mucho, aceptarán la mayoría absoluta de los votos válidos. Si uno argumenta -y es un argumento de absoluta legitimidad para un nuevo Estado- que considera precisa la mayoría absoluta del censo electoral (el famoso 50+1), las resistencias y objeciones serán enormes. Sin duda. Pero para que surjan las resistencias y las objeciones hay que plantear el argumento, el relato, pese a que considere indeseable un referéndum. Acepto la hipótesis del referéndum: ¿acepta usted que para crear un nuevo Estado es preciso el apoyo de la mitad más uno de TODOS los ciudadanos del territorio? ¿No? Pues vaya, mire que existen antecedentes en que ese umbral se superó ampliamente (y estamos hablando de un nuevo Estado, no de votar un parque eólico). ¿Que le gusta más el umbral de Escocia, o el indeterminado de Canadá? Pues mí no me gustan, los considero insuficientes o indeterminados. Hágame una propuesta aceptable (“que me seduzca”, en términos secesionistas), porque en Cataluña aceptó la Constitución más del sesenta por ciento del censo electoral.

¿Que podría darse el caso de que el SÍ fuera mayoritario y tuviera que aceptar un NO? En absoluto. El SÍ sería mayoritario cuando superase ese umbral. Mientras tanto, no lo sería. Mientras tanto, no habría adquirido suficiente legitimidad. Sí, ya lo sé. A un secesionista, esto no le gusta. Un día de estos ya recopilaré de nuevo esa serie tan bonita que elaboré con expertos de Derecho Constitucional y alguno de Administrativo, para los nuevos lectores que tengo en el blog interesados en cuestiones jurídicas. Quizás haré un artículo tipo el de la nacionalidad. Nos vamos a divertir.

Reitero: no son pocos los que consideran “peligroso” o inaceptable entrar a aceptar determinadas hipótesis secesionistas. Para mí, es un error, porque el secesionismo no está dispuesto a ceder nada. Entonces, lo que hay que hacer es entrar en sus contradicciones y debilidades, que son numerosas. Y luego, que salgan en tromba.

EDITO: Sobre el voto exterior. En El Periódico explican que de 196.000 inscritos en el exterior, sólo pidieron votar 21.000 y que unos 6-7.000 no pudieron hacerlo. Los separatistas llevan cuatro días quejándose de pucherazo. Que les faltaban 200.000 votos. Eso es dominio del relato. Hasta que no puedes meter tus datos objetivos, dominan. Y aun así, el siguiente paso es la negación de que pueda ser verdad. Seguro que pasará.

9 comentarios en “Mayorías absolutas y el dominio del relato

  1. Dependiendo del día estoy totalmente de acuerdo, bastante de acuerdo… totalmente en desacuerdo. Estoy de acuerdo en que hay que pelear el relato y, añadiría, también el espacio público, pero la manera de hacerlo cambia. A veces estoy de acuerdo contigo, a veces haría un Einsenhower en Little Rock, vías intermedias y combinaciones varias. Luego caigo en la cuenta de que hay tres problemas diferentes. Uno es la integración de personas, otro la articulación territorial y el último es que el poder público se salta las reglas, las tácitas y las positivas. ¿Cuál sería el orden correcto de solución? En mi opinión, que la administración se salte leyes es el problema más grave y, por tanto, el primero a solucionar. Posiblemente complique los otros dos pero si el poder público incumple las sentencias del Constitucional una democracia no vale nada. Mejor tirarla por la borda. Igual con las reglas tácitas, un parlamento donde el jefe de la oposición es el principal socio de gobierno es razón suficiente para bajar 200 puestos en el ranking de calidad democrática. Al final lo hemos vivido con cierta normalidad.
    La articulación territorial se soluciona con propuestas, por ejemplo federal, nueva financiación…pero para adueñarse del relato no basta con decir que “no se hace para contentar al nacionalismo” (frase que nadie cree) sino preguntar ¿qué me dais a cambio y cuánto tiempo? ¿Paz social, lealtad federal, lealtad institucional..? Solucionado esto, elecciones y nos contamos. ¿Qué aún hay muchos votos independentistas? Entonces hablemos del referéndum. Bien como indicas, bien señalando que Cataluña tampoco es una realidad eterna y siempre llevando la sartén por el mango. Nada de “engañar al Estado”.
    Lo escribo como si lo tuviera muy claro todo pero en realidad tengo miles de dudas aunque me parece el enfoque correcto

  2. Estoy de acuerdo (ya te dije un día que me “alarmaba” estar de acuerdo tan a menudo). Yo mismo me formulo objeciones introspectivas (todavía no hablo solo por la calle) y acepto que tampoco es cuestión de tomar la vía directa con lo que propongo, porque no sería una solución mágica. Debería ser, como dices, una vía progresiva, de varias etapas y fases, si bien el estado actual de la situación obliga a atender muchos frentes, distintos de los que podríamos considerar “normales” o lógicos. Y este sería uno de ellos.
    Lo que sí constituye una emergencia es actuar. El entramado de asociaciones subvencionadas que se mueve bajo la manta del nacionalismo es impresionante. Y es muy habitual que en su dirección, o cerca de ella, se muevan nombres que se repiten, que a uno le resultan vagamente (como mínimo) conocidos. Existe un tejido nada inocente a favor de la secesión difícil de contrarrestar, no tanto por el número de apoyos ciudadanos que reúnan, sino por el apoyo institucional. Hay que actuar con propuestas bien articuladas. ¿Que luego no hay lealtad institucional? Contemos con ello.
    Todas las visiones son válidas, correctas e incorrectas a la vez. Pero faltan pasos decididos.

    1. No es tan raro que estemos de acuerdo. Aparcamos las pasiones y las razones en aras de los procedimientos. Una costumbre muy civilizada. Facilita el acuerdo cerrando el abanico de posibilidades. Por cierto, iba a poner lo mismo que tú sobre frentes normales o lógicos.
      El nacionalismo se acaba haciendo omnipresente, de repente, en un club de ajedrez o en la asociación de padres te ves votando sobre el derecho a decidir y la irrenunciable peculiaridad del ajedrez catalán o vasco o de donde sea. Hasta las narices.

  3. Reconozco cierta mezquina e innoble satisfacción en que la CUP conteste a Rull: La CUP responde a Josep Rull que “no habrá ninguna ley que opere como límite” (El Periódico). Utilizas un relato de forma estratégica (ley frente a legitimidad) y al final quien se lo cree de verdad se lo apropia y se aprovecha. Al menos desde Cicerón se sabe. Se arreglarán pero van a caer caretas. Presumo que con el referéndum sería parecido.

    1. Yo también me río en plan malvado. Pero les da igual. No tienen principios y en cualquier momento los cambian por otros. Sí, increíble que no los tengas y los cambies, pero es así. Hoy he cazado al vuelo una conversación en Twitter y uno aseguraba que lo de “Espanya ens roba” sólo lo decían los de Solidaritat y nadie más. Su interlocutor le saca mi entrada del blog de Anna Simó y Espanya ens roba… y a continuación el individuo le dice que eso es totalmente cierto, pese a haber negado que se hubiera dicho por ERC. Lo habitual.

  4. Me gusta que uses la palabra “relato” pues se echa en falta. Y es justamente lo que es, una historia, un cuento que ya tiene un final previsto, una conclusión que se acepta y la realidad luego se ajusta a ella. Junts pel Si podría haber perdido masivamente y aún así habrían dicho que han ganado pues “ha ido a votar mucha gente y era eso lo que queríamos, la democracia.” De hecho, algo así dijo Artur Mas.

    Podrá sorprenderte, pero yo no tengo nada en contra del independentismo, de hecho, puede que votara que sí… si las cosas se hubieran hecho bien. El problema es el nacionalismo, que es una ideología, y es que estamos debatiendo con una religión. Hay un relato de opresión, que se acepta emocionalmente y casi por fe, y cualquier cosa que ocurra en el mundo se introducirá allí a martillazos. Y eso sin contar los que ya mienten descaradamente. Por eso, personalmente, no veo esto tanto como un problema político ni jurídico, sino identitario/cultural e ideológico. Estoy seguro que quinientos años atrás habría sido religioso.

    1. Te contesto otro rato, que ahora no tengo mucho tiempo.
      Me quedo con el BRILLANTÍSIMO ARTÍCULO que has escrito DECIDIR Y NACIONALISMO. EXTRAORDINARIO, así, gritando. Lo suscribo al 99,99% (me reservo el 0,01% para no parecer un adoctrinado). Si lo ponemos al lado de mi artículo -en plan dos columnas paralelas- se crea una mezcla genial: lo jurídico y los razonamientos previos y simultáneos que acompañan los argumentos de lo jurídico.
      TREMENDO.

    2. Lo de relato no es mío… lo leí en un libro de Historia que compré en Amazon casi por equivocación: “La herencia del pasado”, de Ricardo García Cárcel. Interesante -recordé cosas olvidadas o descubrí otras nuevas-, y siempre con la vista puesta en que el perfil del autor decanta algunas valoraciones hacia una parte u otra (como me pasa a mí y a cualquiera).
      Recuerdo haber leído en el Bloc de Notas que serías capaz de abrazar la causa del secesionismo… pero su sectarismo les convierte en lo mismo o peor de lo que dicen combatir, como he escrito por aquí en bastantes ocasiones.
      Para empezar, el lenguaje infantil: “desconexión” en lugar de secesión. ¿Qué problema tienen en llamar a las cosas por su nombre? Es tan ridículo como el que dice que un vaso es un vaso y un plato es un plato. Del segundo, nos reímos todos. De los primeros, tenemos al día siguiente cien mil un millón de loritos repitiendo “desconexión” como pollo sin cabeza.
      Después, está el tema identitario, que poco a poco se me está colando en el blog, pese a los esfuerzos por evitarlo. En el fondo, es un tema identitario. Escondido, larvado, disimulado o el adjetivo (o adjetivos) que te parezca más adecuado. Quien vive en las ensoñaciones románticas separatistas de carácter unánime, ni se da cuenta.
      Por último: la religión. Cierto. Presentar pruebas de que su verdad no es inmutable ni la única respuesta no sirve de nada. Como una religión. Lo he comentado con el tema de mi artículo de la nacionalidad y tú también lo tratas: presentar argumentos razonados, plausibles, lógicos y coherentes que fundamentan la afirmación de que posiblemente (y sería, a mi entender, más probable que posible) se perdería la nacionalidad española por parte de quienes adquiriesen la catalana (con el periodo transitorio que fuera, opciones, bla, bla, bla) es sistemáticamente despreciado por la religión nacionalista.
      Religión que ha abducido a determinada progresía del resto de España capaz de sostener cosas (más o menos) como que, fruto de la secesión, estaría encantado de conservar la nacionalidad española a todos los catalanes y, en cambio, aceptaría que esos mismos ciudadanos con doble nacionalidad automática le considerasen extranjero en Cataluña. [Distinto es, como muy acertadamente indicas en tu artículo, que al cabo de un tiempo hubiera Convenios de doble nacionalidad, etc.]

    3. Lo malo es que de los problemas identitarios, religiosos… sólo se puede hablar de puertas para adentro, no hay un lenguaje apto para intercambiar ideas con los de fuera empezando por expresiones del tipo “me siento más español que catalán” o “una nación es un pueblo que tiene la voluntad de ser nación” especialmente problemático es cuando de esas expresiones, puramente metafísicas, se deducen derechos. Si no se comparte el mundo la comunicación es imposible. De hecho, a la pregunta tan repetida ¿no crees que el pueblo catalán tenga derecho a decidir? la única respuesta con sentido es: el pueblo catalán no existe (tampoco el español). Son ficciones que la democracia necesita para funcionar y por eso las recrea pero si pretendemos darles existencia real, convertirlos en sujetos de derechos (nunca de deberes) nos sentamos en una cama de pinchos. Así que se puede hablar durante años sobre historia, cultura, identidad… sin que nadie se mueva un ápice de sus posiciones (salvo para radicalizarse ante la incomprensión) y al final hay que llegar a un acuerdo para lo que necesitamos reglas. No importa tanto cuál es la naturaleza del problema sino reducirlo a reglas, a leyes. Las reglas son convencionales y se pueden acordar. Para mi por eso es tan importante el derecho.

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